Thursday, October 12, 2006

Mario.

El tiempo.

Recuerdo cuando, para ilustrar lo que era un silogismo, nos enseñaban en la escuela aquello de "todos los hombres son mortales, yo soy un hombre, luego yo soy mortal... " ¿Te acuerdas?
Cuántas impaciencias y errores. No quiero volver a caer en esa frase absurda que repetimos tan a menudo; ese "si lo hubiera sabido" que pronunciamos sin reparar en que encierra toda la verdad de la vida humana: No saber nunca.
La juventud es la plenitud de la vida, pues ignoramos la ignorancia misma, y el tiempo y nuestros caminos son magnitudes tan implanteadas como el trabajo o el matrimonio.
Cuando opté, todo lo libremente que se puede optar, decidí ser alguien especial, lo que me colocó, hoy lo sé, entre los normales. Pero quise, hice un acto de voluntad y empecé a correr contra el cronómetro de mi destino. A nadie se le ocurrió antes, ni se le ocurriría ahora, poner en duda tal comportamiento, pues sigue siendo normal. Cuántas impaciencias y errores. Cuántas quejas legítimas y desacreditadas. Aquellas quejas fueron estúpidas, pues ya no son ciertas; las que hoy podría formular se me quedan en el silencio por precaución, pero no puedo tragar toda esta angustia que me ahoga.
Tan absurdo era imaginarme hoy aquí, como absurdo me parecía, en mi primera juventud, por llamarlo de algún modo, la existencia de una vida eterna. Acabó tu vida hace muchos años ya, amigo Mario, ¿te acuerdas?, pero hoy aquí, en esta roca sobre el mar, sé que me oyes como sé que todo es posible e idiota.
Tú sabes, porque me prestabas tu hombro a menudo, cuántas veces increpé a Dios o al destino, a ese tiempo goteante que no supe ver en su momento; pero nadie puede culparme por ello.
Todos vosotros, mis amigos, ibais cumpliendo, con más o menos precisión, vuestros sueños. Cuando la mayoría fuisteis abuelos (qué preciosa tu nieta. Tú sabes cuánto la amé) compré yo mi primera casa, porque por fin había encontrado un trabajo. Todos me decíais que me conservaba estupendamente, que no me quejase, que vivía estupendamente...
Hoy como entonces, Mario, me ahoga la angustia, tú lo sabes, ¿verdad? Antes por pura ignorancia, ahora porque ya no sé nada.
Estoy aquí arriba, sobre el mar, mirando al sol que vuelve a crear una belleza efímera y eterna. El alma se me llena de cielo y de mundo, pero tengo miedo y pena. Hoy cumplo mil trescientos cincuenta años, Mario, y no sé si lo he visto todo o si no he visto nada. Quizá debería crear un silogismo nuevo que concluyera que soy joven, que ahora empiezo a vivir... pocos lo comprenderían, pero el tiempo no me ha regalado nada y sigue, aún hoy, jugando conmigo.

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